sábado, 17 de mayo de 2008

El ladrón de la máscara. Sergio Jaime


Tengo el honor de presentaros hoy "El ladrón de la máscara", una trepidante aventura policíaca escrita por Sergio Jaime, un joven autor de trece años que, a pesar de su corta edad, ya apunta maneras. Espero que os guste.


EL LADRON DE LA MASCARA


Esta historia comienza en la comisaría de policía de Londres, cuando yo, el inspector William Harbor, estaba repasando un caso acerca de un ladrón, que últimamente había estado robando por el norte de la ciudad. Este ladrón sólo robaba en las casas de las familias más adineradas, y no sé como diablos lograba burlar la seguridad de esos lugares tan majestuosos, con guardias por todas partes. Sin duda, con los siete robos que había cometido, se había llevado un buen botín, entre cuadros, joyas, dinero y otras cosas de valor, como una
colección de monedas de la antigua Grecia.

Le estábamos siguiendo la pista desde hacía ya por lo menos un mes, desde la denuncia de los primeros robos. Además, todos los robos tenían algo en común, y es que el ladrón dejaba siempre una máscara, distinta en cada robo. Estábamos asombrados con su peculiar costumbre, e intentamos encontrar por todos los medios el origen de esas máscaras, pero nos fue imposible identificarlas, aunque entre el cuerpo de policía se oían rumores de que eran extranjeras.No lográbamos encontrar ninguna prueba, por lo que nos centrábamos más en otros casos.


Después de mi jornada, en la que, sinceramente, no había hecho más que leer unos informes y tomarme unas tazas de café, volví a mi casa, situada a pocos minutos del centro, cené y me acosté. Mi casa era un piso no muy grande, situado en un bloque que daba directamente a una calle con mucho ajetreo, principalmente debido a que era una de las principales vías para ir al centro. Durante casi todo el día se oía un ruido continuo de coches pasar, y de vez en cuando, un músico ambulante se colocaba a la puerta de mi bloque de pisos, aunque su melodía casi no se escuchaba entre tanto ruido, sobre todo cuando había atasco, con todo el mundo tocando el claxon y los policías con su pito para dirigir el tráfico. Menos mal que no vivo encima de una discoteca, porque si no lo sábados me volvería loco, aunque normalmente utilizaba ese día para ir al parque o visitar algún museo, para cuadros u objetos antiguos, lo cual a mi no me parece aburrido. Después de visitar los museos volvía a mi casa para leer el periódico o ver las noticias, ya que todos lo demás que ponían en la tele no era más que telebasura. Mi piso tenía dos dormitorios, un despacho, que anteriormente era otro dormitorio, un amplio salón, un baño y la cocina. Estaba decorado con muebles principalmente de madera. La mesa del salón era de cristal, y ya me la habían roto sin querer alguno de mis amigos cuando se pusieron furiosos al ver perder a su equipo de fútbol. En el salón tenía un sofá rojo pegado a la pared. Encima de él colgaban fotos de mis viajes, ya que yo era muy viajero. Tenía una tele de plasma y una mesa donde solía comer, casi siempre solo. El baño estaba lleno de azulejos y tenía un ducha con una mampara. En mi dormitorio tenía me cama de matrimonio, –a pesar de que no estaba casado ni con novia- los armarios donde guardaba la ropa y una mesita de noche donde nunca faltaba un libro. El otro dormitorio tenía igual decoración, y por último, el despacho, que estaba tan rodeado de estanterías con libros que no se podía no ver la pared. Nada más entrar estaba mi mesa con el ordenador donde archivaba los casos y una impresora para su posterior impresión. Después de haberos contado como era mi piso y la zona seguiré con el relato que nos acontece.


Al día siguiente, nada más llegar a la comisaría, requirieron mi presencia en una casa en la cual habían robado, y sí, como estaréis pensado, era el Ladrón de la máscara, que ya se había ganado este apodo. Esta vez el lugar era una mansión situada en una avenida al norte de la ciudad, y la víctima, una mujer de avanzada edad. Esta vez había una novedad, y es que el ladrón no había actuado solo, lo había hecho con un compañero, y por suerte, este, al ser más lento, cayó en las garras de los guardias de seguridad. Éste ladrón, llamado Bruce, no llevaba nada del botín, lo llevaba todo el Ladrón de la máscara.

Interrogamos a Bruce acerca de su compañero. Nos dijo que no conocía su cara, ya que siempre iba con una máscara puesta. No se fiaba mucho de él, ya que en otro robo que cometieron juntos hacía ya mucho tiempo, le delató, y pasó cinco años en la cárcel, por lo que estuvo dispuesto a colaborar con nosotros con tal de pillarle para que se llevara su merecido. Nos dijo que trabajaba para una organización que tiene varios ladrones en las ciudades más importantes, aunque el paradero del cuartel general de la organización era desconocido. Según nos contó, el le ayudaba aquí a robar, en Londres, pero no había actuado en los otros siete robos, y después de este robo debían entregar la mitad del dinero a la organización para la que trabajaban, dividido en tres partes, y cada parte en un lugar diferente de Europa. Primero daría el 15%, después el 35% y por último lo restante. Lo hacían de este modo para que si les pillaban en algún tramo no les quitasen todo el dinero. Nos contó que la última entrega se haría en Carnaval. En ese momento se nos ocurrió el lugar de la última entrega, al mirar la máscara que había dejado esta vez. ¿En que lugar de Europa se celebra un carnaval con máscaras que es famoso en el mundo entero? ¡¡¡ Pues en Venecia!!! Por lo tanto ya sabíamos el último lugar de entrega. Nos dijo que se hacía una entrega cada cuatro o cinco días más o menos, pero que no nos preocupásemos porque el sabía las fechas concretas, y que las entregas serían en Madrid, París y por último Venecia. Por lo tanto teníamos varios días para prepararnos. Decidimos no alertar a las autoridades de cada país para no levantar sospechas y para que el ladrón no pudiera reconocernos rápidamente. Viajaríamos yo, Bruce y dos policías que eran buenos amigos míos.

Tardamos dos días en sacar el billete para Madrid y preparar todo lo necesario, ya que no volveríamos a Londres en las cinco semanas que durara como máximo nuestra caza del ladrón. El tercer día nos subimos al avión rumbo a Madrid. El viaje fue muy tranquilo, durante el día, y lo pasamos viendo lo que ponían en las televisiones del avión. Cuando aterrizamos cogimos un taxi hasta nuestro hotel, que era de la cadena NH. Según nos dijo Bruce la entrega se haría dentro de dos días durante una manifestación, a las doce de la mañana, por lo que teníamos dos días para visitar Madrid, dos días que serían plenamente turísticos, suerte que me llevé la cámara de fotos.

Durante estos dos días hice una visita por los museos de Madrid, sobre todo con especial atención al del Prado, debido a mi interés por la pintura. También visité los diferentes parques, el Palacio Real, y me di un paseo por el centro, por la zona de la Puerta del Sol.

Después de estos dos descansados días, mis compañeros y yo nos dispusimos a capturar al ladrón. Fuimos a la zona de la manifestación, en la Gran Vía, y nos dispusimos a localizar al ladrón, ha sabiendas de que iría disfrazado con alguna máscara, por lo que prestamos atención a cualquier persona sospechosa. Había reunido un gran gentío, lo que nos dificultaba la visión, pero de repente, oímos gritos de Bruce. Fuimos a su posición para ver lo que había pasado. Al parecer vio a dos hombres con gabardina cerca del semáforo, uno de ellos sujetando una pancarta, y el otro con un sombrero que le tapaba la cara para dejar visible tan solo una larga barba negra, lo cual nos hizo suponer que ese era el ladrón, y vio que éste último le daba un sobre al de la pancarta, y que después, uno se fue calle arriba y el de la barba dobló la esquina del semáforo.

Decidimos seguir a éste, al tener suposiciones de que era el ladrón, pero al doblar la esquina tan solo nos encontramos con gente con pancartas que se dirigía a la manifestación. Maldita sea. Le habíamos perdido, se nos había escapado de las manos cuando casi le teníamos. Volvimos al hotel para decidir lo que haríamos. Pensamos que nos dirigiríamos a París, el lugar de la próxima entrega, e idearíamos un plan más elaborado, por lo que al día siguiente sacamos los billetes y nos dedicamos a pasear por la ciudad para pasar el día.

Al día siguiente nos levantamos sobre las seis y media de la mañana, y nos dirigimos al aeropuerto, ya que el avión salía a las ocho y cuarto. El vuelo duró más o menos tanto como el anterior, y la programación la cambiaron por una película, por lo que fue igualmente apacible. Nada más desembarcar hicimos lo mismo que en Madrid, pedimos un taxi y para ir al hotel y empezar a preparar el plan. Pasamos dos días de turismo hasta el día de la entrega. Bruce nos dijo que esta vez la entrega se haría en un centro comercial muy conocido en París, las Galerías Lafayette. Esto nos suponía una mayor dificultad, ya que tendríamos que cubrir varios pisos, por lo que los policías se fueron al primero y segundo piso, Bruce al tercero y yo al cuarto.

Nos manteníamos en contacto mediante el teléfono, para no mantener sospechas. De repente, mientras caminaba entre la gente, vi a un hombre con una gabardina negra, lo cual me hizo sospechar, por lo que me escondí detrás de una columna y llamé a los demás para que subieran. Justo cuando acabé la llamada, un hombre trajeado, con una bolsa en la mano, se acercaba al de la gabardina. No pude reconocer al hombre trajeado, ya que llevaba unas gafas de sol y una barba, esta vez rubia. No había dudas de que eran los que buscábamos, por lo que corrí hacía ellos, pero el hombre trajeado me vio y le dio tiempo de darle la bolsa a su compañero. Pasé de largo a éste último para intentar coger al hombre, que rápidamente subió por unas escaleras que daban al ático. Era sorprendentemente rápido, y le perdí cuando subió las escaleras, pero le seguí de todos modos. Al llegar arriba, miré entre las columnas cuando de repente vi un puño, y ya no recuerdo más, ya que después de esto me desperté en la habitación del hotel con mis compañeros mirándome y preguntándome si estaba bien.

Lograron saber donde estaba porque me vieron subir las escaleras, aunque desgraciadamente al final el ladrón escapó. A partir de ahora debíamos ser más cuidadosos, porque el ladrón ya había visto mi cara y sabía que le seguíamos, o sea que de algún modo en nuestra próxima intervención debíamos camuflarnos o disfrazarnos para que no nos reconociese. El ladrón había entregado con estas dos entregas el 50% del botín, y con la última entregaría el resto. Desconozco porqué entregaba una cantidad desigual en cada una de las entregas.

Sacamos los billetes hacia Venecia y que pasamos el día siguiente paseando por la ciudad y lamentándonos al mismo tiempo de nuestra incompetencia al habérsenos escapado dos veces el ladrón. Al día siguiente nos fuimos al aeropuerto por la tarde, cogimos el avión y nos dirigimos a Venecia.

El hotel en esta ocasión era más grande que en las anteriores, aunque eso no quiere decir nada de la calidad. Pasamos toda la noche meditando un plan. Esta vez la entrega se haría dos días más tarde durante el Carnaval, en la calle. Esta vez si que nos pondría a prueba, porque con tanta gente disfrazada, nos costaría mucho encontrarle, aunque pensamos que la persona a la que se lo entregaría tendría que tener algún distintivo para que se le reconociese. Si no le cogíamos esta vez se nos escaparía para siempre, y quedaría suelto para cometer más robos por todo el globo.

Ideamos un astuto plan. Durante la fiesta, iríamos todos disfrazados, y para distinguirnos, llevaríamos unas plumas en la cabeza, una de color rojo y otra azul, y altas para que se vieran bien. Después de esto intentaríamos localizar al hombre que debía recibir la entrega, y nos colocaríamos rodeándole, para que cuando llegara el ladrón le pudiéramos ver y coger rápidamente. Si esto fallara, no dudaríamos en tener que efectuar algún disparo. Dicho esto, le dedicamos dos días de turismo a la ciudad, y nos preparamos para la intervención.

Al día siguiente nos disfrazamos y fuimos al lugar de entrega. Lográbamos distinguirnos entre el gentío gracias a las plumas. Mientras caminábamos vimos a un hombre disfrazado con un cartel que decía algo sobre el Carnaval en italiano, y decidimos acercarnos para ver si era el hombre al que le daría el dinero. En efecto, a los dos minutos un hombre disfrazado con un sobre en la mano se acerco al del cartel, y le entregó el sobre. Acto seguido pasó algo que nos asombró a todos. El hombre del cartel cogió el sobre, se lo guardó y sacó una pistola, apuntando a la cabeza del otro. Tras unos segundos apretó el gatillo, por lo que el hombre disfrazado, o sea el ladrón, quedó muerto, y después el otro empezó a correr, pero saqué mi pistola y efectué un disparo en su pierna, por lo que no pudo andar y conseguimos atraparle.

Después de todo esto, ya en el hotel con el hombre atado a una silla, llamamos a Londres para comunicarles que el ladrón había muerto, pero que habíamos conseguido capturar al hombre que recibía las entregas. Le interrogamos y nos dijo que después de la entrega la organización mataba al ladrón para que no hubiera pistas de ningún tipo por si le atrapaban.


Después fuimos a Londres para interrogar al hombre. Yo seguí con mi vida, eso si, me ascendieron, y Bruce se hizo policía. Los días los pasamos interrogando al hombre, ya que nuestro próximo objetivo era desarticular la organización secreta y meter a sus miembros entre rejas.

4 comentarios:

AlmaLeonor dijo...

¡Hola!
¡¡Pues si que apunta, si!!! Muy buen relato, Felixón, hazselo saber de mi parte a tu amigo. Me recuerda el estilo de Donna León y su Comisario Bruneti. ¡¡Enhorabuena!!!
Besos.AlmaLeonor

felixon dijo...

Alma, amiga, acabas de darme una gran alegría. Imagínate...Hacerle un comentario así al padre de la criatura... Se me cae la baba, no puedo evitarlo.

A ver si deja la play un momento el muy capullo y le enseño tu comentario. Le va a encantar.

Besos. Félix

Mjesus dijo...

Una obra de arte. De verdad, es un relato policial muy elaborado. ¿Y dices que solo tiene trece años? Por lo que veo, la nueva generación viene pisando fuerte.
Si con esta edad, ha conseguido realizar una narración de este calibre, no me extrañaría en absoluto, que dentro de poco nos anunciaras que ha obtenido un premio con un relato.
Mis más sinceras felicitaciones campeón (esto es para Sergio).
Para ti un saludo.

sergio jaime dijo...

Hola. Esto es muy loco. Mi nombre tambien es Sergio Jaime. Que bueno que haya alguien con mi mismo nombre que le guste escribir. si quieren ver mi blog estan invitados:
www.sivoscreesqueestoylocovota.blogspot.com